Todos hemos escuchado el relato: las vacaciones pagadas, las bajas por enfermedad a cargo de la empresa, la jornada de 8 horas, las bajas por paternidad, los aumentos de sueldo mínimos o las mejoras en las condiciones de trabajo fueron “conquistas” arrancadas a los empresarios gracias a la lucha sindical, a las huelgas y a la presión política de la izquierda. Según esta versión, sin confrontación no habría progreso social.
Sin embargo, existe una forma más sencilla y realista de entender lo que realmente ocurre. Yo lo llamo el efecto Cantillon en los derechos sociales. Es una idea inspirada en un fenómeno económico bien conocido, pero aplicada al mundo del trabajo. Y explica por qué estas supuestas victorias terminan siendo temporales y, con el paso del tiempo, benefician cada vez menos a los trabajadores nuevos.
¿Qué es el efecto Cantillon (versión fácil)?
Imagina que el Estado imprime mucho dinero nuevo y se lo entrega primero a sus amigos, a los bancos o a las grandes empresas. Esos “primeros” pueden salir a comprar casas, coches o comida antes de que los precios suban. Cuando el dinero nuevo llega por fin al bolsillo del ciudadano de a pie —el último de la fila—, los precios ya han aumentado. El poder adquisitivo de ese dinero es menor.
El que estaba cerca del grifo del dinero se benefició. El que llegó tarde, no. Ese es el efecto Cantillon.
Ahora apliquémoslo a los derechos laborales
Cuando se aprueba una nueva ley laboral que obliga a las empresas a dar, por ejemplo, 30 días de vacaciones pagadas, o a pagar el 100 % del sueldo durante una baja por paternidad, o a reducir la jornada sin bajar el salario, ocurre algo parecido:
1. Los primeros que lo reciben (los trabajadores que ya están contratados en ese momento) sí ganan.
Cobran lo mismo de siempre, pero trabajan menos horas o disfrutan de más días libres sin perder dinero. Es como recibir un aumento real de sueldo sin que nadie se dé cuenta todavía.
2. Las empresas reaccionan.
Para seguir siendo rentables, tienen que ajustar sus cuentas. Pueden subir los precios de sus productos, reducir otras partidas (bonos, formación, contrataciones nuevas) o, simplemente, ofrecer salarios base más bajos a los nuevos empleados que contraten a partir de ahora.
3. Los nuevos trabajadores entran en un mercado que ya ha absorbido el coste.
El empresario calcula: “Este trabajador me genera X euros de productividad al mes. Si ahora tengo que pagarle vacaciones extras, baja por paternidad y cotizaciones más altas, el sueldo neto que le puedo ofrecer será menor”.
Al final, el salario total (dinero en mano + valor de las prestaciones) vuelve a reflejar aproximadamente la productividad marginal del trabajador: lo que realmente aporta a la empresa. Ni más ni menos.
El beneficio no desaparece del todo, pero caduca. Se diluye. Los que ya estaban dentro se llevaron la “primera ronda” de dinero extra (en forma de tiempo libre o seguridad). Los que llegan después encuentran un contrato que ya ha ajustado el precio. Es exactamente igual que con el dinero recién impreso: los primeros compran barato, los últimos pagan caro.
Ejemplos cotidianos que cualquiera entiende
- Vacaciones pagadas: En los años 60-70, cuando se generalizaron, muchos trabajadores vieron cómo sus condiciones mejoraban de verdad. Hoy, un joven que firma su primer contrato ya sabe que las vacaciones están incluidas… pero también sabe que su sueldo base es más bajo de lo que sería sin esa obligación legal.
- Baja por paternidad o maternidad: Al principio fue un gran avance para quienes la disfrutaron. Hoy, las empresas (sobre todo las pequeñas) simplemente ofrecen menos dinero inicial o contratan con más cautela a personas en edad de tener hijos.
- Jornada limitada y horas extras caras: Las empresas responden con más automatización, más externalización o simplemente contratando menos gente. El trabajador individual no nota que “ganó” a largo plazo; nota que hay menos empleo o que el sueldo crece más despacio.
La diferencia clave con la narrativa habitual
La izquierda suele presentar estas mejoras como victorias permanentes conseguidas mediante la pelea. La realidad económica es más humilde: las empresas no regalan nada. Pagan siempre según la productividad que obtienen. Si una ley obliga a pagar más por lo mismo, el mercado ajusta el resto de variables (precios, salarios, contratación) hasta que el equilibrio se restaura.
No es que las mejoras sean malas. Muchas son justas y deseables. Pero no son “gratis” ni eternas. Se pagan, y quien las paga al final es el propio mercado laboral: los trabajadores futuros, los consumidores (a través de precios más altos) y los empresarios (que a veces cierran o se van).
El verdadero progreso salarial y en condiciones de vida no viene de imponer más obligaciones por ley, sino de que los trabajadores sean más productivos: que produzcan más valor por hora trabajada. Cuando eso ocurre, las empresas compiten por ellos y los salarios suben de verdad, sin necesidad de decretos.
El efecto Cantillon en derechos sociales nos recuerda una verdad incómoda pero liberadora: ninguna ley puede cambiar la realidad económica para siempre. Puede redistribuir temporalmente, puede beneficiar a los que ya están dentro… pero el mercado, como el agua, siempre encuentra su nivel. Y ese nivel, al final, es la productividad real de cada persona o equipo.
Por eso, quizá sea hora de dejar de celebrar solo las “luchas” y empezar a celebrar también los pactos, la formación, la innovación y todo lo que realmente hace que un trabajador valga más mañana que hoy. Porque al final, el que gana de verdad es el que produce más, no el que grita más fuerte.